
El libro de los monstruos
El libro de los monstruos
Editorial Sudamericana
Traducción Ernesto Montequin
Risvolto
Publicado poco después de su muerte, en 1978, El libro de los monstruos puede leerse como el testamento literario de Wilcock y, al mismo tiempo,
como la brillante culminación de una de las obras más singulares de la literatura de este siglo. En esta última incursión en lo fantástico, Wilcock despliega todo su repertorio de virtuosismos (la disparatada erudición, poética y científica, el grotesco extremo, la excéntrica y concisa sabiduría, la ironía continua, la insólita destreza artesanal) y crea un bestiario contemporáneo donde, a diferencia de la fauna imaginaria recopilada por Borges, no encontramos Sirenas ni Unicornios sino una multitud de personajes verosímiles e improbables que no difieren mucho de los que solemos encontrar todos los días. Eher Sugarno,
"valiosísimo pocta en la línea de Eugenio Montale, pero más variado y moderno en la elección de sus temas"; Erbo Meglio, llamado en su pueblo "el leñoso" porque está hecho de madera o bien de "raíces retorcidas aferradas a las rocas"; el crítico literario Berlo Zenobi, "una masa de gusanos, un amasijo sin forma"; Alasumma, un joven que tiene el cuerpo recubierto de pequeños espejos "donde nos vemos reflejados sobre un fondo turquesa como en un cielo feliz, como en aguas irresistibles"; y Angelo Spes, "el más enano de los enanos". Estos son algunos de los personajes que pueblan el paisaje alucinado y alucinatorio de El libro de los monstruos.
La insuperable maestría verbal de Wilcock y su sarcasmo luminoso y profético vuelven a deslumbrarnos una vez más en esta guía minuciosa y desopilante, y a la vez despiadada, de un "pequeño mundo monstruoso" cuya lectura produce una rara felicidad, un vértigo que aumenta junto con la sospecha de que también nosotros -hipócritas lectores- podríamos llegar a habitarlo algún día.
como la brillante culminación de una de las obras más singulares de la literatura de este siglo. En esta última incursión en lo fantástico, Wilcock despliega todo su repertorio de virtuosismos (la disparatada erudición, poética y científica, el grotesco extremo, la excéntrica y concisa sabiduría, la ironía continua, la insólita destreza artesanal) y crea un bestiario contemporáneo donde, a diferencia de la fauna imaginaria recopilada por Borges, no encontramos Sirenas ni Unicornios sino una multitud de personajes verosímiles e improbables que no difieren mucho de los que solemos encontrar todos los días. Eher Sugarno,
"valiosísimo pocta en la línea de Eugenio Montale, pero más variado y moderno en la elección de sus temas"; Erbo Meglio, llamado en su pueblo "el leñoso" porque está hecho de madera o bien de "raíces retorcidas aferradas a las rocas"; el crítico literario Berlo Zenobi, "una masa de gusanos, un amasijo sin forma"; Alasumma, un joven que tiene el cuerpo recubierto de pequeños espejos "donde nos vemos reflejados sobre un fondo turquesa como en un cielo feliz, como en aguas irresistibles"; y Angelo Spes, "el más enano de los enanos". Estos son algunos de los personajes que pueblan el paisaje alucinado y alucinatorio de El libro de los monstruos.
La insuperable maestría verbal de Wilcock y su sarcasmo luminoso y profético vuelven a deslumbrarnos una vez más en esta guía minuciosa y desopilante, y a la vez despiadada, de un "pequeño mundo monstruoso" cuya lectura produce una rara felicidad, un vértigo que aumenta junto con la sospecha de que también nosotros -hipócritas lectores- podríamos llegar a habitarlo algún día.



