
Los traidores
Los traidores
Ada Korn Editora
Risvolto
El fenómeno prodigioso del teatro isabelino mostró que el teatro en verso no era una fórmula vana y, sin embargo, el género fue perdiendo vigencia hasta que Christopher Fry y T.S. Eliot se proponen y logran hacerlo renacer entre los años 1930 y 1950.
En el 56, Silvina Ocampo y J. R. Wilcock, espléndidos poetas, excelentes traductores de los clásicos latinos y entrañables amigos, escriben Los traidores donde, como en Un fénix demasiado frecuente de Fry, recrean un episodio de la historia de Roma, y como en las obras de Eliot, utilizan los recursos poéticos en forma tan discreta que a menudo la poesía pasa inadvertida. Comparten también con los ingleses, y con Cocteau, el gusto por la farsa y la ironía, por cierto tipo de grotesco con que se mofan de la realidad convencional. "Nos gustaba la historia romana, tan rara y actual, donde los protagonistas se aman y se detestan, nunca dicen lo que piensan y dicen cosas absurdas... Queríamos que la obra fuera leída como una tragedia conmovedora y al mismo tiempo cómica, de una gracia burda y un poco estúpida", dice Silvina Ocampo.
Esta es la segunda vez que la alianza entre el teatro y la poesía vence mi decidido propósito de no publicar ni lo uno ni lo otro. Nuestra colección de autores internacionalmente consagrados se abrió, en efecto, con El hombre de la URSS, de V. Nabókov, que contiene dos obras en un acto en verso blanco, y ahora se continúa con Los traidores, de cuyos autores podemos decir que poseen eso que los ingleses llaman wit: el talento para descubrir relaciones secretas entre las cosas y de reunirlas en una imagen que sorprende al lector y que revela un universo poético curioso e insospechado.




